Cómo escribir un artículo de Blackwood

Edgar Allan Poe

"En el nombre del Profeta... higos."
Voces del vendedor de higos Turco

***

Supongo que todo el mundo ha oído hablar de mí. Mi nombre es Signora Psyche Zenobia. Esto lo sé con seguridad. Sólo mis enemigos me llaman Suky Snobbs. Me han asegurado que Suky es una vulgar corrupción de Psyche, que es una palabra griega que significa "el alma" (esa soy yo, soy toda espíritu) y, a veces, "una mariposa", lo que, sin duda, alude al aspecto que tengo con mi nuevo traje de satén carmesí, con el mantelet árabe azul cielo y las orlas de agraffas verdes, y los siete faralaes de aurículas de color naranja. En cuanto a Snobbs..., cualquier persona que se tomara la molestia de mirarme dos veces se daría cuenta de que mi nombre no es Snobbs. Miss Tabitha Turnip propagó ese rumor, movida por pura envidia. ¡Precisamente Tabitha Turnip! ¡La pobre infeliz! Pero, ¿qué se podía esperar de un nabo como ella? Me pregunto si conocerá el viejo adagio acerca de "sacar sangre de un nabo", etcétera (recordar: decírselo en la primera ocasión que surja, recordar también tirarle de las narices). ¿Por dónde iba? ¡Ah! Me han asegurado que Snobbs no es más que una corrupción de Zenobia, y que Zenobia fue una reina (igual que yo. El Doctor Moneypenny siempre me llama la Reina de Corazones), y que Zenobia, al igual que Psyche, es griego del bueno, y que mi padre era "un griego", y que, en consecuencia, tengo derecho a mi patronímico, que es Zenobia, y no Snobbs. La única que me llama Suky Snobbs es Tabitha Turnip; yo soy la Signora Psyche Zenobia.

Como ya dije antes, todo el mundo ha oído hablar de mí. Yo soy esa Signora Psyche Zenobia, tan justamente célebre como secretaria corresponsal de la "Asociación Singular, Operativa, Moral de Bellas y Retoños, Oficial de Salmodias Originales, Libros, Odontólogos, Tratados, Estudios, Ditirambos, En Azote, de la Zafiedad, Universal, Localizada". El Doctor Moneypenny fue el que se inventó el nombre, y dice que lo eligió así porque suena grandioso, como un tonel de ron vacío. (Es un hombre vulgar, que a veces..., pero es un hombre profundo.) Todos ponemos las iniciales de la sociedad detrás de nuestros nombres, como lo hacen los miembros de la R.S.A. (Real Sociedad de las Artes), de la S.D.U.K. (Sociedad para la Difusión de Conocimientos Utiles), etcétera. El Doctor Moneypenny dice que la "S" viene de rancio, y que "D.U.K." quiere decir pato (lo que no es cierto), y que lo que significa "S.D.U.K." es pato rancio, y no la sociedad de lord Brougham, pero, por otra parte, el Doctor Moneypenny es un hombre tan raro, que nunca se sabe seguro cuándo está diciendo la verdad. En cualquier caso, siempre añadimos al final de nuestros nombres las siglas A. S. O. M. B. R. O. S. O. L. O. T. E. D. E. A. Z. U. L. Es decir, "Asociación Singular Operativa, Moral, De Bellas y Retoños, Oficial de Salmodias Originales, Libros, Odontólogos, Tratados, Estudios, Ditirambos, En Azote, de la Zafiedad, Universal, Localizada", una letra por cada palabra, lo que introduce una clara mejora con respecto a lord Brougham. El Doctor Moneypenny insiste en que las iniciales son toda una definición de nuestro verdadero carácter, pero que me aspen si sé a lo que se refiere.

A pesar de los buenos oficios del doctor y de los enormes esfuerzos que hizo la asociación para hacerse notar, no tuvo un gran éxito hasta que yo me uní a ella. La verdad es que los miembros utilizaban un tono excesivamente frívolo en sus discusiones. Los papeles que se leían todos los sábados por la tarde se caracterizaban más por su estupidez que por su profundidad. No eran más que un revoltillo de sílabas. No existía ninguna investigación acerca de las causas primeras, de los primeros principios. De hecho, no existía investigación alguna acerca de nada. No se prestaba ninguna atención al grandioso aspecto de la "Adecuación de las Cosas". En pocas palabras, no había nadie que escribiera cosas tan bonitas como éstas. Era todo de bajo nivel, ¡mucho! Carecía de profundidad, de erudición, de metafísica, no había nada de lo que los eruditos llaman espiritualidad y que los incultos han decidido estigmatizar llamándolo jerga. (El doctor M. dice que "jerga" se escribe con "j" mayúscula, pero yo sé lo que me hago.)

Cuando me uní a la sociedad, mi propósito era introducir un mejor estilo tanto en el pensamiento como en los escritos, y todo el mundo sabe hasta qué punto he tenido éxito. Conseguimos ahora tan buenas publicaciones en la A. S. O. M. B. R. O. S. O. L. O. T. E. D. E. A. Z. U. L. como se puedan encontrar incluso en Blackwood. Digo Blackwood, porque me han asegurado que la mejor literatura sobre cualquier tema es la que aparece en las páginas de la tan justamente celebrada revista. La utilizamos ahora como modelo para todos nuestros temas, y, en consecuencia, estamos consiguiendo una gran notoriedad a gran velocidad. Y, después de todo, tampoco es tan difícil componer un artículo con el sello de Blackwood, siempre y cuando uno se tome la cuestión con seriedad. Por supuesto que no me refiero a los artículos políticos. Todo el mundo sabe cómo se hacen éstos, desde que el Doctor Moneypenny nos lo explicó. El señor Blackwood tiene unas tijeras de sastre y tres aprendices a sus órdenes. Uno de ellos le alcanza el Times, otro el Examiner y el tercero el "Nuevo compendio de Argot Moderno de Gulley". El señor B. se limita a cortar y entremezclar. Eso queda hecho rápidamente. Todo consiste en mezclar un poco del Examiner, "Argot Moderno" y el Times, después otro poquito del Times, "Argot Moderno" y del Examiner y después del Times, el Examiner y "Argot Moderno".

Pero el mérito fundamental de la revista radica en la variedad de sus artículos; y de, entre éstos, los mejores vienen bajo el encabezamiento de lo que el señor Moneypenny llama las "Bizarreríes" (lo que quiera que pueda significar eso), y el resto de la gente llama las intensidades. Este es un tipo de literatura que aprendí a apreciar hace largo tiempo, aunque sólo a raíz de mi última visita al señor Blackwood (como representante de la sociedad) he llegado a conocer el método exacto de su creación. El método es muy sencillo, aunque no tanto como el de los artículos políticos. Cuando llegué a ver al señor B. y una vez que le hice saber los deseos de la Sociedad, me recibió con gran cortesía, llevándome a su estudio y dándome una clara explicación de la totalidad del proceso.

- Mi querida señora dijo él, evidentemente impresionado por mi aspecto majestuoso ya que llevaba puesto el traje de satén carmesí, con las agraffas verdes y las aurículas de color naranja.

- Mi querida señora - dijo él-, siéntese. La cuestión parece ser ésta: en primer lugar, su escritor de intensidades debe utilizar una tinta muy negra, y una pluma muy grande, con un plumín muy romo. ¡Y fíjese usted bien, Miss Psyche Zenobia! continuó, después de una pausa, con gran energía y solemnidad. ¡Fíjese usted muy bien! ¡Esa pluma jamás-debe-ser-arreglada! Ahí, madame, está el secreto, el alma de la intensidad. Yo me atrevo a decir que ni un solo individuo, por muy genial que haya sido, ha escrito jamás con una buena pluma, entiéndame usted, un buen artículo. Puede usted partir del supuesto de que cuando un manuscrito se puede leer, no vale la pena leerlo. Este es el principio guía de nuestra fe, y si no está usted de acuerdo con él, habremos de dar por terminada nuestra entrevista.

Hizo una pausa. Pero como yo, por supuesto, no tenía ningún deseo de dar por terminada la entrevista, acepté aquella proposición tan evidente, que era además una verdad de la que había sido consciente desde siempre. El pareció satisfecho y siguió con su perorata.

- Puede parecer pedante por mi parte, Miss Psyche Zenobia, el recomendarle un artículo, o una serie de artículos a guisa de modelo o materia de estudio, y aun así, no obstante, tal vez fuera lo mejor que le señalara unos cuantos casos. Veamos. Estaba el "muerto viviente", ¡algo fantástico! Era el relato de las sensaciones de un caballero que había sido enterrado antes de que la vida hubiera abandonado su cuerpo... Estaba repleta de buen gusto, terror, sentimiento, metafísica y erudición. Hubiera uno jurado que su autor había nacido y había sido criado en el interior de un ataúd. También tuvimos las "Confesiones de un comedor de Opio". ¡Espléndido, realmente espléndido! Una imaginación gloriosa, filosofía profunda, agudas especulaciones, abundancia de fuego y de furia, todo bien sazonado con toques de lo ininteligible. Aquello era una cháchara de la buena y la gente se la tragó encantada. Tenían la impresión de que Coleridge era el autor, pero no era así. Fue creado por mi babuino preferido, Juniper, con la ayuda de una jarra de Hollands con agua, "caliente y sin azúcar". (Esto me hubiera costado trabajo creerlo si me lo hubiera contado una persona que no fuera el señor Blackwood, que me aseguró que era cierto.) Estaba también "El Experimentalista Involuntario", que trataba de un caballero que fue asado en un horno, y salió vivo y en buen estado, si bien, desde luego, muy hecho. Estaba también "El Diario de un Doctor Extinto", cuyo mérito radicaba en la presencia de magníficos disparates y una indiscriminada utilización del griego, ambos muy del gusto del público. También estaba "El hombre de la campana", que, dicho sea de paso, Miss Zenobia, es una obra que no puedo dejar de recomendar a su atención. Es la historia de una persona joven, que se queda dormida bajo el badajo de la campana de una iglesia y es despertada por el sonar de la campana tocando a funeral. El sonido le vuelve loco, y, en consecuencia, saca su cuadernito y nos describe sus sensaciones. Después de todo, lo fundamental son las sensaciones, que supondrán para usted diez guineas la página.Si desea usted escribir con fuerza, Miss Zenobia, preste minuciosa atención a las sensaciones.

- Eso mismo haré, Mr. Blackwood dije yo.

- ¡Magnífico! replicó. Ya veo que es usted un discípulo de los que a mí me gustan. Pero debo ponerla au fait en conocimiento de los detalles necesarios para la composición de lo que podríamos llamar un genuino artículo de Blackwood con el sello de lo sensacional, del tipo que supongo que usted comprenderá que considero el ideal bajo cualquier circunstancia.

- El primer requisito a cumplir es el meterse uno en una situación en la que nadie haya estado antes. El horno, por ejemplo... ese fue un verdadero éxito. Pero si no tiene usted a mano un horno, o una campana grande, y si no le resulta cómodo caerse desde un globo, o que se le trague la tierra en un terremoto, o quedarse atascada en una chimenea, tendrá que conformarse con imaginarse una situación semejante. Yo preferiría, no obstante, que viviera usted la experiencia en cuestión. Nada ayuda tanto a la imaginación como un conocimiento experimental del asunto a tratar. "La verdad es extraña", sabe usted, "más extraña que la ficción", aparte de ser mucho más apropiada.

Al llegar aquí le aseguré que tenía un magnífico par de ligas y que pensaba colgarme de ellas en la primera oportunidad.

- ¡Espléndido! -replicó él-, hágalo; aunque ahorcarse está ya algo visto. Tal vez pueda usted hacer algo mejor. Tómese una buena dosis de píldoras de Brandreth y después venga a explicarnos sus sensaciones. No obstante, mis instrucciones se aplican exactamente igual a cualquier caso de desgracia o accidente, y es perfectamente fácil que antes de llegar a su casa, le golpeen en la cabeza, la atropelle un autobús o le muerda un perro rabioso, o se ahogue en una alcantarilla. Pero continuemos con lo que íbamos diciendo.

- Una vez decidido el tema, debe usted tomar en consideración el tono o estilo de su narración. Existe, por supuesto, el tono didáctico, el tono entusiasta, el tono natural, todos suficientemente conocidos. Pero también está el tono lacónico, o seco, que se ha puesto de moda últimamente. Consiste en escribir con frases cortas. Algo como esto: Nunca se es demasiado breve. Nunca, demasiado mordaz. Siempre, un punto. Jamás, un párrafo.

- También está el tono elevado, difuso e interjectivo. Algunos de nuestros mejores novelistas son adictos a este estilo. Todas las palabras deben ser como un torbellino, como una peonza sonora, y sonar de forma muy parecida, lo que suple muy bien a la falta de significado. Este es el mejor estilo que se debe adoptar cuando el escritor tiene demasiada prisa para pensar.

- También es bueno el tono metafísico. Si conoce usted palabras ampulosas, ahora es el momento de utilizarlas. Hable de las escuelas Jónica y Eleática, de Architas, Gorgias y Alcmaeon. Diga algo acerca de lo subjetivo y de lo objetivo. Insulte, por supuesto, a un hombre llamado Locke. Desdeñe usted todo en general, y si algún día se le escapa algo un poco demasiado absurdo, no tiene porque tomarse la molestia de borrarlo, añada simplemente una nota a pie de página, diciendo que está usted en deuda por la profunda observación citada arriba con la "Kritik der reinem Vernunf", o con "Metaphysische Anfangsgründe der Naturwissenschaft". Esto le hará parecer erudita y... y... sincera.

- Hay varios otros tonos igualmente célebres, pero mencionaré tan sólo dos más, el tono trascendental y el tono heterogéneo. En el primero, todo consiste en ver la naturaleza de las cosas con mucha más profundidad que ninguna otra persona. Esta especie de don del tercer ojo resulta muy eficaz cuando se aborda adecuadamente. Leer un poco el Dial le ayudará a usted mucho. Evite usted en este caso las palabras altisonantes. Utilícelas lo más pequeñas posibles y escríbalas al revés. Ojee los poemas de Channing y cite lo que se dice acerca de un "pequeño hombrecillo gordo con una engañosa demostración de Can". Introduzca algo acerca de la Unidad Suprema. No diga ni una sola palabra acerca de la Dualidad Infernal. Sobre todo, trabaje con insinuaciones. Insinúelo todo, no afirme nada. Si tuviera usted el deseo de escribir "pan y mantequilla" no se le ocurra hacerlo de una forma directa. Puede usted decir todo lo que se aproxime al "pan y mantequilla". Puede hacer insinuaciones acerca del pastel de trigo negro, e incluso puede usted llegar a hacer insinuaciones acerca del "porridge", pero si lo que quiere usted decir de verdad es pan y mantequilla, sea usted prudente, mi querida Miss Psyche y bajo ningún concepto se le ocurra a usted decir "pan y mantequilla".
Le aseguré que jamás lo haría en toda mi vida.

Me besó y continuó hablando: En cuanto al tono heterogéneo, no es más que una juiciosa mezcla, a partes iguales, de todos los demás tonos del mundo, y consiste, por lo tanto, en una mezcla de todo lo profundo, extraño, grandioso, picante, pertinente y bonito. Supongamos entonces que usted ya ha decidido el tema y el tono a utilizar. La parte más importante, de hecho, el alma de la cuestión, está aún por hacerse. Me refiero al relleno. No es lógico suponer que una Dama, ni tampoco un caballero, si a eso vamos, haya llevado la vida de un ratón de biblioteca. Y, no obstante y por encima de todo, es necesario que el artículo tenga un aire de erudición, o al menos pueda ofrecer pruebas de que su autor ha leído mucho. Ahora le explicaré cómo hay que hacer para lograr ese aire. ¡Fíjese! dijo, sacando tres o cuatro volúmenes de aspecto ordinario y abriéndolos al azar. Echando un vistazo a casi cualquier libro del mundo, podrá usted percibir de inmediato la existencia de pequeñas muestras de cultura o de belespritismo, que son precisamente lo que hace falta para sazonar adecuadamente un artículo modelo Blackwood. Podría usted ir apuntando unos cuantos, según se los voy leyendo. Voy a hacer dos divisiones: en primer lugar, Hechos Picantes para la Elaboración de Símiles, y, en segundo lugar, Expresiones Picantes para Ser Introducidas Cuando la Ocasión lo Requiera. ¡Ahora escriba!

Y yo escribí lo que él dictaba.

HECHOS PICANTES PARA HACER SÍMILES.

"Originalmente, no había más que tres musas, Melete, Mneme, Aoede: meditación, memoria y canto", Puede usted sacar mucho partido de ese pequeño hecho si lo utiliza adecuadamente. Debe saber que no es un hecho demasiado conocido y parece recherché. Debe usted poner mucha atención en ofrecer el dato con un aire de total improvisación.

- Otra cosa. "El río Alpheus pasaba por debajo del mar y resurgía sin que hubiera sufrido merma la pureza de sus aguas." Un tanto manido, sin duda, pero si se adorna y se presenta adecuadamente, parecerá más fresco que nunca.

- Aquí hay algo mejor. "El Iris Persa parece poseer para algunas personas un aroma muy fuerte y exquisito, mientras que para otras resulta totalmente carente de olor." Esto es espléndido y... ¡muy delicado! Se altera un poco y puede dar un resultado prodigioso. Vamos a buscar algo más en el terreno de la botánica. Nada da mejor resultado que eso, especialmente con la ayuda de un poco de latín. ¡Escriba!

- "El Epidendrum Flos Aeris, de Java. Tiene una flor de extraordinaria belleza y sobrevive aun cuando ha sido arrancada. Los nativos la cuelgan del techo y disfrutan de su fragancia durante años." ¡Esto es magnífico! Con esto ya tenemos suficientes símiles. Procedamos ahora con las expresiones picantes.

- EXPRESIONES PICANTES.-

"La Venerable novela China JuKiao-Li." ¡Espléndido! Introduciendo estas pocas palabras con destreza, demostrará usted su íntimo conocimiento de la lengua y literaturas chinas. Con la ayuda de esto posiblemente pueda usted arreglárselas sin el árabe, el sánscrito o el chicka-saw. No obstante, no se puede uno pasar sin algo de español, latín y griego. Tendré que buscarle algún pequeño ejemplo de cada uno. Cualquier cosa es suficiente, ya que debe usted depender de su ingenio para hacer que encaje en su artículo. ¡Escriba!

- "Aussi tendre que Zaire", tan tierno como Zaire; en francés. Alude a la frecuente repetición de la frase la tendre Zaire, en la tragedia francesa que lleva ese nombre. Adecuadamente introducida demostrará no sólo su conocimiento de esta lengua, sino también la amplitud de sus lecturas y de su ingenio. Puede usted decir, por ejemplo, que el pollo que estaba comiendo (escriba un artículo acerca de cómo estuvo a punto de asfixiarse por culpa de un hueso de pollo) no resultaba del todo aussi tendre que Zaire. ¡Escriba!

Ven muerte tan escondida,
Que no te sienta venir
Porque el placer de morir
No me torne a dar la vida (1)

- Eso es español, de Miguel de Cervantes. Esto puede usted meterlo muy à propos, cuando esté usted en los últimos espasmos de la agonía por culpa del hueso de pollo. ¡Escriba!

"Il Pover' huomo che non se'n era accorto,
Andava combattendo, e era morto"

- Esto, como sin duda habrá notado, es italiano, de Ariosto. Significa que un gran héroe, en el ardor del combate, sin darse cuenta de que estaba muerto, seguía luchando, muerto como estaba. La aplicación de esto a su propio caso es evidente, ya que espero, Miss Psyche, que dejará usted pasar al menos una hora y media antes de morir ahogada por el hueso de pollo. ¡Escriba, por favor!

"Und sterb', isch doch, so sterb'ich denn
Durch sie durch sie!"

- Esto es alemán de Schiller. "Y si muero, al menos muero por ti... ¡por ti!" Aquí es evidente que se dirige usted a la causa de su desastre, el pollo. De hecho, ¿qué caballero (o si a eso vamos, qué dama) con sentido común no moriría, me gustaría saber, por un capón bien engordado de la raza Molucca, relleno de alcaparras y setas, y servido en una ensaladera con gelatina de naranja en mosaiques? ¡Escriba! (Los sirven preparados así en Tortoni's.) ¡Escriba, hágame el favor!

- Aquí hay una bonita frase en latín, que además es rara (uno no puede ser demasiado recherché ni breve al hacer citas en latín, se está haciendo tan vulgar...): ignorantio elenchi. El ha cometido un ignorantio elenchi, es decir, ha comprendido las palabras de lo que ha dicho usted, pero no su contenido. El hombre es un tonto, ¿comprende? Algún pobre idiota al que usted se dirige mientras se ahoga con el hueso de pollo, y que, por lo tanto, no sabe de lo que estaba usted hablando. Tírele a la cara el ignorantio elenchi e instantáneamente le habrá usted aniquilado. Si osa replicar, puede usted hacerle una cita de Lucano (aquí está), que los discursos no son más que anemonae verborum, palabras anémona. La anémona, a pesar de sus brillantes colores, carece de olor. O si empieza a ponerse violento, puede caer sobre él con insomnia Jovis, el arrobamiento jupiteriano, una frase que Silius Itálicus (fíjese, aquí) aplica a las ideas pomposas y grandilocuentes. Esto, sin duda, le herirá en lo más vivo. No podrá hacer nada mejor que dejarse caer y morir. ¿Tendría usted la amabilidad de escribir?

- En griego tenemos que buscar algo bonito, por ejemplo, algo de Demóstenes.

Anero jenwn cai paclin macesetai

Existe una traducción tolerablemente buena de esto en Hudibras.

"Porque aquel que huye puede volver a luchar.
Lo que jamás podría hacer el que ha sido muerto."

En un artículo Blackwood, nada queda tan bien como el griego. ¡Observe tan sólo, Madame, el aspecto astuto de esa épsilon! ¡Esa "pi" debería, sin duda, ser obispo! ¿Puede haber alguien más listo que esa omicrón? ¡Fíjese en esa tau! En pocas palabras, no hay nada como el griego para un artículo de verdadera sensación. En el caso presente, la aplicación que puede usted hacer de esto es de lo más evidente. Lance usted la frase, junto con algún terrible juramento y a modo de ultimátum al villano cabezota e inútil, que fue incapaz de comprender lo que le estaba diciendo en relación con el hueso de pollo. El aceptará la insinuación y se irá, puede usted estar segura.

Estas fueron todas las instrucciones que el Sr. B. pudo darme acerca de aquel tema, pero, en mi opinión, eran más que suficiente. Al cabo de un tiempo, fui capaz de escribir un genuino artículo de Blackwood y decidí seguir haciéndolo a partir de entonces. Al despedirnos, el Sr. B. me propuso comprarme el artículo una vez que lo hubiera escrito, pero como no podía ofrecerme más que cincuenta guineas por hoja, decidí que sería mejor dárselo a nuestra sociedad antes que sacrificarlo por una suma tan escasa. A pesar de su tacañería, el caballero tuvo todo tipo de consideración conmigo en los demás aspectos y me trató de hecho con la mayor educación. Sus palabras de despedida se grabaron profundamente en mi corazón, y espero recordarlas siempre con gratitud.

- Mi querida Miss Zenobia me dijo con los ojos inundados de lágrimas, ¿existe cualquier otra cosa que pueda yo hacer para favorecer el éxito de su laudable labor? ¡Déjeme reflexionar! Cabe dentro de lo posible que no pueda usted, en un cierto margen de tiempo, a... a... ahogarse, o... asfixiarse con un hueso de pollo, o... o... ahorcarse, o... ser mordida por un... ¡pero espere! Ahora que lo pienso, tenemos un par de espléndidos bulldogs en el patio, unos animales magníficos, se lo aseguro, salvajes y todo eso... de hecho, son justo lo que usted necesita. En cuestión de cinco minutos se la habrán comido entera, con todo y aurículas (aquí tiene usted mi reloj), y ¡piense usted tan sólo en las sensaciones! ¡Tom, Peter, aquí! Dick, maldito seas, deja salir a ésos pero como yo realmente tenía mucha prisa, y no podía perder ni un minuto más, tuve, muy para mi disgusto, que acelerar mi partida y, en consecuencia, me despedí inmediatamente, y de una manera algo más que brusca de lo que la cortesía recomienda en otras circunstancias.

Mi objetivo fundamental, una vez terminada mi visita al señor Blackwood, era el meterme en algún tipo de dificultad inmediatamente, siguiendo sus recomendaciones, y con ese propósito pasé la mayor parte del día vagando por Edimburgo, en busca de aventuras desesperadas, aventuras que fueran adecuadas a la intensidad de mis emociones, y que se adaptaran a las ambiciosas características del artículo que había decidido escribir. Durante esta excursión me acompañaba un sirviente negro, Pompey, y mi perrita faldera, "Diana", a la que había traído conmigo desde Filadelfia. No obstante, no fue hasta bien entrada la tarde cuando, por fin, tuve éxito en mi ardua empresa. Fue entonces cuando ocurrió un importante suceso, cuya sustancia y resultados son los referidos en el artículo de Blackwood que sigue.

(1) Esta cita y las sucesivas, vienen en sus idiomas originales respectivos.

Una situación comprometida

“¿Qué mala fortuna, buena dama, la ha dejado asi de desamparada? (COMUS)

Era una tarde quieta y tranquila cuando sali a las calles de la hermosa ciudad de Edina (1). La agitación y la confusión que reinaban en las calles eran terribles. Los hombres hablaban. Las mujeres, chillaban. Los niños se asfixiaban. Los cerdos gruñian. Los carros traqueteaban. Los toros bramaban. Los caballos relinchaban. Las vacas mugian. Los gatos maullaban a coro. Los perros bailaban. ¡Bailaban! ¿Seria posible? ¡Bailaban! Lástima, pensé yo, ¡mis dias de bailarina acabaron ya! Asi pasa siempre. Qué multitud de tristes recuerdos se agolpan de cuando en cuando en la mente del genio y de la imaginación contemplativa, especialmente en la del genio condenado a la incesante, y eterna, y continúa, y podriamos decir, la continuada, si, la continua y continuada, amarga, molesta, preocupante, y si se me permite decirlo, la muy atormentadora presencia de la serena, y divina, y celestial, y exaltante, y elevada, y el purificador efecto de lo que podriamos llamar correctamente la más envidiable, la más verdaderamente envidiable, ¡que digo!, la más benignamente hermosa, la más delicadamente etérea, y como aquel que dice la más bonita (se se me permite utilizar un término tan atrevido) cosa (pido excusas a mis comprensivos lectores) del mundo, pero siempre me dejo llevar por mis emociones. En tal estado de ánimo, repito, ¡qué multitud de recuerdos se agolpan en nuestra mente bajo la influencia de cualquier bagatela! ¡Los perros bailaban! Yo... ¡yo no podia! Ellos retozaban... yo lloraba. Ellos hacian cabriolas... yo gemia en voz alta. ¡Conmovedora circunstancia! Que no pueden dejar de traer a la memoria del lector de clásicos aquel exquisito pasaje en relación con la adecuación de las cosas, que aparece al comienzo del tercer volumen de aquella admirable y venerable novela china, el JoGo-Slow (2).

En mi solitario caminar a través de la ciudad tuve dos humildes pero fieles compañeros. Diana, mi perrita ¡la más dulce de las criaturas! El pelo le caia sobre uno de los ojos, y llevaba una cinta azul elegantemente atada alrededor de su cuello. Diana no media más de cinco pulgadas de altura, pero su cabeza era ligeramente mayor que su cuerpo, y como tenia la cola cortada muy al ras, daba un aspecto de inocencia ofendida que la hacia ser la favorita de todo el mundo.

Y Pompey, ¡mi negro! ¡El dulce Pompey! ¡Cómo podria olvidarle jamás! Yo me habia cogido del brazo de Pompey. Media tres pies de altura (me gusta ser distinta a los demás) y tenia setenta, o tal vez ochenta años de edad. Tenia las piernas arqueadas y era corpulento. Su boca no era lo que podriamos decir pequeña, ni tampoco sus orejas. No obstante, sus dientes eran como perlas, y sus enormes ojos claros eran deliciosamente blancos. La naturaleza habia olvidado dotarle de cuello, y habia dispuesto sus talones (lo que es corriente entre los de su raza) en la mitad de la parte superior de sus pies. Se vestia con llamativa simplicidad. Su única vestimenta consistia en un bastón de unas nueve pulgadas de altura y un abrigo raido casi nuevo que habia pertenecido previamente al alto, elegante e ilustre doctor Moneypenny. Era un buen abrigo. Estaba bien cortado. Estaba bien hecho. El abrigo era casi nuevo. Pompey evitaba que tocara el suelo, sujetándolo con ambas manos.

Habia tres personas en nuestro grupo, y dos de ellas han sido ya citadas. Habia una tercera; esa tercera persona era yo. Yo soy la signora Psyche Zenobia. No soy Suky Snobbs. Mi aspecto es imponente. En la memorable ocasión a la que me refiero llevaba puesto un traje de satén carmesí, con un mantelet árabe azul cielo. Y el traje tenia adornos de agraffas, y siete elegantes faralaes de aurículas color naranja. Por lo tanto yo era la tercera persona del grupo. Estaba la perrita. Estaba Pompey. Estaba yo. Eramos tres. De la misma forma que se dice que habia originalmente sólo tres Furias, Melty, Nimmy y Hetty (3), es decir, meditación, memoria e interpretación del violín.

Apoyándome en el brazo del galante Pompey y seguida a respetable distancia por Diana, eché a andar por una de las populosas y muy agradables calles de la ahora desierta ciudad de Edina. De repente vimos ante nosotros una iglesia, una catedral gótica enorme, venerable, y con una gran torre que apuntaba hacia el cielo. ¿Qué locura fue la que entonces me poseyó? ¿Por qué fui a toda prisa a encontrarme con mi destino? Me vi inundada por el incontrolable deseo de subir a aquel altisimo pináculo para ver desde allí la inmensa extensión de la ciudad. La puerta de la catedral parecia invitarme a entrar. Prevaleció mi destino. Atravesé aquel ominoso umbral. ¿Donde estaba entonces mi ángel guardián? Si es que de hecho existe esa clase de ángeles. ¡Sí! ¡Qué inquietante monosilabo! ¡Qué mundo de misterio, de significados y de duda, de incertidumbre, está escondido tras esas dos letras! ¡A través del ominoso umbral! Entré, y sin que mis aurículas naranjas sufrieran ningún daño, pasé por debajo del portal, emergiendo en el interior del vestíbulo. De igual forma que se dice que el inmenso río Alfred (4) pasaba ileso y sin mojarse por debajo del mar.

Pensé que la escalera no acabaría nunca. ¡Vueltas! Sí, daba vueltas y vueltas, y vueltas y vueltas, y vueltas y vueltas, hasta que no pude por menos que suponer, junto con el sagaz Pompey, sobre cuyo brazo me apoyaba con toda la confianza que me daba mi antiguo afecto hacia él..., no pude por menos de suponer que la parte superior de aquella escalera espiral habia sido accidentalmente, o tal vez voluntariamente, arrancada. Hice una pausa para recuperar el aliento; y en ese momento ocurrió un accidente de una naturaleza excesivamente trascendente desde un punto de vista moral, así como metafísico, como para ser pasado por alto sin más ni más. Me pareció -de hecho estaba casi totalmente segura de ello- que no podia haberme equivocado, ¡no! Llevaba un rato observando atentamente y con gran angustia los movimientos de Diana -insisto en que no podia haberme equivocado-, ¡Diana había olido una rata! Inmediatamente puse a Pompey al corriente del asunto, y él..., él estuvo de acuerdo conmigo.

Entonces ya no habia lugar a dudas. La rata habia sido olida, y habia sido Diana la que lo habia hecho. ¡Cielos! ¿Podré olvidar alguna vez la tensa excitación de aquel momento? ¡La rata! -allí estaba-, es decir, estaba por allí en alguna parte. Diana la olía. Yo... ¡yo no podia! De la misma manera que se dice que la Isis prusiana (5) tiene para algunas personas un olor dulce y penetrante, mientras que para otras resulta totalmente carente de olor.

Habiamos remontado la escalera y ya no quedaban entre nosotros y la cumbre más de tres o cuatro escalones. Seguimos ascendiendo y pronto no nos quedó más que un escalón. ¡Un escalón! ¡Un pequeño, un diminuto escalón! ¡Hasta qué punto puede llegar a depender la totalidad de la felicidad o de la miseria humana de un pequeño escalón como ése en la gran escalera de la vida! Pensé en mí misma, después en Pompey, y después en el misterioso e inexplicable destino que nos rodeaba. ¡Pensé en Pompey!... ¡Ay de mí, pensé en el amor! ¡Pensé en los pasos (6) que habia dado en falso, y que podría volver a dar. Resolví ser más cautelosa, más reservada. Abandoné el brazo de Pompey, y aún sin su ayuda remonté el escalón que faltaba, llegando al campanario. Inmediatamente detrás de mí entró mi perrita. Tan sólo Pompey quedó atrás. Me quedé en la cumbre de la escalera, dándole ánimos para que se reuniera conmigo. Me alargó la mano, y desafortunadamente, al hacerlo se vio obligado a soltar su presa sobre el abrigo. ¿Acaso jamás abandonarán los dioses esta persecución? El abrigo cayó al suelo, y, con uno de sus pies, Pompey pisó los largos faldones de éste. Tropezó y cayó. Fue una consecuencia inevitable. Cayó hacia adelante y me golpeó el pecho con su maldita cabeza en medio del... en el pecho, precipitándome, junto con él, al duro, mugriento y detestable suelo del campanario. Pero mi venganaza fue firme, repentina y completa. Agarrándole furiosamente por el pelo con ambas manos le arranqué una enorme cantidad de material negro, rígido y rizado, arrojándolo al suelo con el mayor desdén imaginable. Cayó entre las cuerdas que había en el campanario y allí se quedó. Pompey se levantó sin decir una palabra, pero me miró con pena con aquellos grandes ojos y ... suspiró... ¡Oh, dioses!... ¡Que suspiro! ¡Si hubiera podido le hubiera bañado con mis lágrimas, como testimonio de mi arrepentimiento! Pero, pobre de mí, estaba totalmente fuera de mi alcance el hacerlo. Al verlo colgar de las cuerdas de la camapana me pareció como si estuviera vivo. Me pareció que se ponía erecto de indignación. Al igual que la Happydandy Flos Aeris (7) de Java, produce una hermosísima flor que vive aunque la planta haya sido arrancada. Los nativos la cuelgan del techo y disfrutan de su fragancia durante años.

Nuestra disputa había llegado a su fin, y miramos a nuestro aldrededor en busca de alguna abertura a través de la cual pudiéramos ver la ciudad de Edina. No había ninguna ventana. La única luz que conseguía penetrar en aquella cámara tenebrosa procedía de una abertura cuadrada, de aproximadamente un pie de diámetro, que estaba como a unos siete pies del suelo. Pero ¿qué hay que no pueda llevar a cabo la energía del genio verdadero? Decidí trepar hasta aquel agujero. Cerca del agujero, en el lado opuesto, había una gran cantidad de ruedas, piñones y demás maquinaria de aspecto cabalístico; y a través del agujero pasaba una barra de hierro procedente de ésta. Entre las ruedas y la pared donde estaba el agujero no quedaba prácticamente sitio para pasar, pero yo estaba desesperada y decidida a seguir adelante. Llamé a Pompey.
- Te habrás fijado en esa abertura, Pompey. Quiero ver lo que hay al otro lado. Ponte aquí, debajo del agujero..., así. Ahora pon una mano, Pompey, y permíteme que me suba encima..., así. Ahora, la otra mano, Pompey, y con su ayuda podré subirme sobre tus hombros.

El hizo lo que yo deseaba, y descubrí, una vez arriba, que podía pasar fácilmente la cabeza y el cuello a través de la abertura. La vista era sublime. Nada podría haber sido más magnífico. Me entretuve un momento pidiéndole a Diana que se portara bien, y asegurando a Pompey que actuaría con consideración y procuraría no pesarle demasiado. Le dije que sería tierna con sus sentimientos, ossi tender que beefsteak (8). Habiendo cumplido este acto de justicia para con mi fiel amigo, me lancé con gran ímpetu y entusiasmo al disfrute de la escena que tan generosamente se extendía ante mis ojos.

Sobre este tema, no obstante, no voy a extenderme. No voy a describir Edimburgo. Todo el mundo ha estado en Edimburgo, la Edina clásica. Me limitaré a describir los angustiosos detalles de mi propia y lamentable aventura. Habiendo satisfecho en cierta medida mi curiosidad acerca de la extensión, situación y el aspecto general de la ciudad, tuve tiempo suficiente para examinar la iglesia en la que estaba, y la delicada arquitectura de la torre. Observé que la abertura a través de la cual había sacado la cabeza era la abertura de la esfera de un reloj gigante, que desde la calle debía parecer un enorme agujero para meter una llave, como los que vemos en las esferas de los relojes franceses. Sin duda, su función verdadera era la de permitir el paso del brazo del encargado cuando hiciera falta ajustar las agujas del reloj desde dentro. Observé también con gran sorpresa las inmensas dimensiones de las citadas agujas, la más larga de las cuales debía medir no menos de diez pies de largo y ocho o nueve pulgadas de ancho en la parte más gruesa. Parecían ser de acero macizo, y sus bordes, afilados. Habiendo observado estos detalles, y algunos otros, volví de nuevo la vista hacia la gloriosa perspectiva que se extendía ante mí, quedándome absorta en su contemplación.

Al cabo de algunos minutos me vi arrancada de mi arrobamiento por la voz de Pompey, que declaraba que no podía aguantar más, y que me pedía que hiciera el favor de bajarme. Aquello me pareció poco razonable, y así se lo dije con un discurso relativamente extenso. El me replicó, demostrando una clara falta de comprensión de mis ideas sobre el tema. En consecuencia, me irrité y le dije en pocas palabras que era un idiota, que acababa de cometer un ignoramus e-clench-eye (9), y que sus ideas no eran más que insommary Bovis (10), y que sus palabras eran poco más que an enneinywerrybor´em (11). Con esto pareció quedar satisfecho, y yo continué con mis contemplaciones.

Debió ser como media hora después de este altercado, estando yo profundamente absorta en el celestial paisaje que se extendía a mis pies, cuando fuí sorprendida por la suave presión en mi cogote de algo muy frío. No hace falta decir que me sentí extraordinariamente alarmada. Yo sabía que Pompey estaba bajo mis pies, y que Diana, siguiendo mis muy explícitas instrucciones, estaba sentada sobre sus patas traseras, en el rincón más alejado de la habitación. ¿Qué podría ser? ¡Ay de mí! Rápidamente descubrí lo que era. Volviendo cuidadosamente la cabeza hacia un lado percibí, horrorizada, que la inmensa, brillante y acerada aguja del minutero del reloj había, al cabo de su vuelta, descendido sobre mi cuello. Yo sabía que no había un instante que perder. Intenté retirar la cabeza, pero era demasiado tarde. No había posibilidad de pasar la cabeza a través de la boca de aquella terrible trampa en la que había caído, que se hacía progresivamente más estrecha con una más horrible rapidez de lo que concebirse pueda. La agonía de aquel momento es inimaginable. Eché mis brazos hacia arriba e intenté con todas mis fuerzas empujar hacia arriba aquella pesada barra de hierro. Igual hubiera sido levantar la catedral. Y bajaba, y bajaba, y seguía bajando, cerca, más cerca y cada vez más cerca. Le grité a Pompey que me ayudara, pero él dijo que yo había herido sus sentimientos llamándole "tocino ignorante". Le grité a Diana, pero ella se limitó a decir: "¡Guau, guau, guau!", ya que yo le había dicho: "Bajo ningún concepto se te ocurra moverte de ese rincón". Así, pues, no podía esperar ayuda alguna de mis compañeros.

Mientras tanto, la pesada y terrorífica Guadaña del Tiempo (y sólo entonces pude comprender literalmente el contenido de aquella frase clásica) no se había detenido, ni parecía probable que lo hiciera, en su recorrido. Bajaba y seguía bajando. Ya se había enterrado su afilado borde una pulgada en mi carne, y mis sensaciones empezaron a ser confusas e indistintas. Por un momento me parecía estar en Filadelfia, con el arrogante doctor Moneypenny, e inmediatamente después me parecía estar en el salón trasero del señor Blackwood, recibiendo sus inapreciables consejos. Y de nuevo se presentaba ante mí el dulce recuerdo de antiguos y mejores tiempos, y pensaba en aquella feliz época en la que el mundo no era un desierto y Pompey no era totalmente cruel.

El tic tac de la maquinaria me divertía. Me divertía, digo, dado que mis sensaciones bordeaban ya la perfecta felicidad e incluso las más mínimas bagatelas me procuraban placer. El eterno click-clack, click-clack, click-clack, resultaba una dulce música para mis oídos, e incluso ocasionalmente me recordaba los elementos sermones-arenga del doctor Ollapod. Después estaban los enormes números de la esfera, ¡qué inteligentes, qué intelectuales parecían todos! Y finalmente todos se pusieron a bailar la mazurca, y me parece recordar que era el número 5 el que lo hizo más a mi gusto. Era, evidentemente, una dama de alta cuna. Nada de vacilaciones y nada que no fuera delicadeza había en sus movimentos. Hacía la pirueta admirablemente, girando aldrededor de su vértice. Intenté acercarle una silla, ya que parecía fatigada por sus esfuerzos, y tan sólo en aquel momento percibí totalmente lo lamentable de mi situación. ¡A fe mía que era lamentable! La barra se había enterrado ya dos pulgadas en mi cuello. Me sentí invadida por una sensación de exquisito dolor.

Recé pidiendo la muerte, y, sumida en la agonía del momento, no pude evitar el repetir aquellos exquisitos versos del poeta Miguel de Cervantes:

Vanny Buren, tan escondida
Quey no te senty venny
Pork and pleasure, delly morry
Nommy, torny, darry, widdy! (12)

Pero entonces se presentó ante mí un nuevo horror, y en verdad que era un horror como para destrozar los nervios al más templado. Mis ojos, debido a la cruel presión ejercida por la máquina, estaban empezando a salírseme de las órbitas. Mientras estaba pensando cómo me las iba a poder apañar sin ellos, uno se me salió de hecho y, rodando por el lado inclinado de la torre, fue a alojarse en el canalón que recorría los aleros del edificio principal. La pérdida de un ojo no me afectó tanto como el aire de insolencia, independencia y desprecio con el que me miraba una vez que estuvo fuera. Yacía ahí en el canalón, justo debajo de mis narices, y los aires que se daba hubieran sido ridículos de no haber sido tan repugnantes. Jamás se había visto tanto guiño y tanto parpadeo. Aquel comportamiento por parte de mi ojo en el canalón no resultaba irritante tan sólo debido a su manifiesta insolencia y su vergonzosa ingratitud, sino que resultaba también extraordinariamente inconveniente debido a la simpatía que siempre existe entre dos ojos de una misma cabeza, por separados que estén. Me vi obligada, en cierto modo, a guiñar y parpadear con el otro ojo en exacta correspondencia con aquella cosa descarada que yacía justo bajo mi nariz. No obstante, finalmente me vi libre de esta situación, al caérseme el otro ojo. En su caída siguió el mismo recorrido (posiblemente lo habrían concertado de antemano) que su compañero. Los dos salieron rodando del canalón juntos y, la verdad sea dicha, me alegré mucho de perderlos de vista.
La barra había penetrado ya en mi cuello cuatro pulgadas y media, y no quedaba más que un hilillo de piel por cortar. Mi reacción fue de total alegría, ya que sentía que como mucho, en unos pocos minutos, me vería libre de aquella desagradable situación. Y mi esperanza no se vió defraudada. Precisamente a las cinco y veinticinco de la tarde, el inmenso minutero había avanzado lo suficiente como para cortar el escaso remanente que quedaba de mi cuello. No sentí ninguna tristeza al ver separarse de mí definitivamente aquella cabeza que tanta vergüenza me había producido. Primero rodó por el costado del campanario, después se alejó durante algunos segundos en el canalón, y después cayó violentamente en medio de la calle.

Confesaré con toda candidez que en aquel momento mis sensaciones eran de lo más singular, es más, de lo más misteriosas, de un carácter de lo más desconcertante e incomprensible. Mis sentidos estaban simultáneamente aquí y allá. Con mi cabeza imaginaba un momento que yo, la cabeza, era la verdadera Signora Psyche Zenobia; al momento siguiente estaba plenamente convencida de que yo, mi cuerpo, era la verdadera identidad. Para aclarar mis ideas busqué en mi bolsillo la cajita de rapé, pero al encontrarla, intentando llevarme un pellizco de su delicioso contenido a la nariz, como es habitual, me di rápidamente cuenta de mi particular deficiencia, lanzando inmediatamente la caja a mi cabeza. Esta cogió un pellizco con gran satisfacción, y y me dirigió a cambio una sonrisa de agradecimiento. Poco después me lanzó un discurso que pude oir tan sólo indistintamente al carecer de orejas. No obstante, capté lo suficiente como para saber que estaba asombrada de que yo deseara seguir viviendo en semejantes circunstancias. En sus frases finales citó las nobles palabras de Ariosto:

Il pover hommy che non sera corty
And have a combat tenty erry morty (13)

comparándome así a aquel que en el calor del combate, no dándose cuenta de que estaba muerto, siguió adelante luchando con inextinguible valor. Ya no había nada que me impidiera bajarme de donde estaba, y así lo hice. Todavía no he sido capaz de averiguar qué fue lo que vio de raro Pompey en mi aspecto. El pobre individuo abrió la boca de oreja a oreja y cerró los ojos como si estuviera intentando cascar nueces con los párpados. Finalmente, lanzando lejos de sí el abrigo, echó a correr hacia las escaleras y desapareció. Lancé tras él estas vehementes
palabras de Demóstenes:

Andrew O´Phlegethon, you really make haste to fly (14)

Y después me volví hacia el amor de mi vida, ¡a mi tuertecita! A mi lanuda Diana. ¡Ay de mí! ¿Qué horrible visión se presentó ante mis ojos? ¿Acaso fue una rata lo que vi arrastrarse hasta su agujero? ¿Son éstos acaso los roídos huesos de mi pequeño ángel, cruelmente devorado por el monstruo? ¡Oh, dioses! ¿Y qué es lo que veo?... ¿Es eso acaso el espíritu, la sombra, el fantasma de mi adorada perrita, que tan melancólicamente está sentado en aquel rincón? ¡Escuchad! ¡Habla! Y, ¡cielos!, habla en el alemán de Schiller:

Unt stubby duck, so stubby dun Duck she! duck she!

¡Ay de mí! Demasiada verdad son sus palabras:

Y si morí al menos fue ¡por ti!... ¡por tí!

¡Dulce criatura! También ella se ha sacrificado por mí. Sin perra, sin negro, sin cabeza, ¿qué queda ya para la infeliz Signora Psyche Zenobia? ¡Ay de mi! ¡Nada! He terminado.

***

(1) Edina = es una simplificación de la pronunciación de Edinburgh.
(2) Hace referencia al capítulo anterior, en que se cita como nombre real, Ju-Kiao-Li, que és fonéticamente semejante a Jo-Go-Slou, que significa, literlamente, Joe, vete despacio.
(3) Nuevamente hace referencia al capítulo anterior: las furias son en realidad musas, y son Melete, Mneme y Aoedé, nombres que son también fonéticamente semejantes a los citados arriba en idioma inglés.
(4) Se refiere al río Alpheus, citado en el capítulo anterior.
(5) Se refiere a la Iris Persa, citada en el capítulo anterior.
(6) Pasos en inglés es "steps", que significa también escalón.
(7) Se refiere a la Epidendorum Flos Aeris, citada en el capítulo anterior.
(8) Se refiere a la frase aussi tendre que Zaire, citada en el capítulo anterior.
(9) Ignoratio elenchi, ver capítulo anterior.
(10) Insomnia Jovis, ver capítulo anterior.
(11) Anemonae Verborum, ver capítulo anterior.
(12)Ver capítulo anterior.
(13)Ver capítulo anterior.
(14) Ver capítulo anterior.